ÉPOCA HIPPIE

Esa en la que hay quienes viven y visten distinto

Esa en la que te aproximas a ellos y te alejas de la pandilla de siempre

Esa en la que lo más guay es contravenir las reglas siempre que se pueda

Esa de la larga melena, bolsos caseros de punto y flores en el pelo

Esa de la música en plena calle, con guitarra en mano y canciones de protesta

Esa en la que tus padres no están muy conformes

Esa a la que te acercas , pero de la que no formas parte porque eres demasiado burguesa

Esa que viviste

Esa que deja una sonrisa nostálgica…

Mª Lourdes Omella.

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EL ABUELO ANTONIO

Había terminado la misa y todos descendían la cuesta que separaba la iglesia del pueblo.

Inesperadamente apareció una tía corriendo hacia ellos,

llorando,

” venid, rápido, se está muriendo papá”.

Todos se dirigieron a la gran casa de piedra y llegaron a la habitación en la que yacía Antonio,

el querido patriarca,

en sus últimos momentos.

Alguno vio como cerraba lentamente su mano,

fue su último movimiento

y falleció, pero,

los había esperado antes de exhalar su último suspiro.

Caballero hasta el final.

Era un seis de enero y lo que iba a ser una fiesta en la casa se convirtió en duelo y pesar.

Lo enterraron en el cementerio del pueblo, dónde,

en dos años escasos,

le acompañaría su viuda, Nieves,

quien al morir Antonio, se metió en la cama, decidida a no seguir viviendo y efectivamente, nunca se levantó.

Ese abuelo ocupó mucho lugar.

El espacio que dejó, no pudo llenarlo nadie.

Mª Lourdes Omella.

 

UNA MAÑANA DE JUNIO

Era una mañana de junio, de sabe Dios qué año, en la terraza de una cafetería de la Puerta del Sol de Madrid.

Dos amigas apuraban sus desayunos para emprender la visita programada para ese día: la Plaza Mayor, el Ayuntamiento, la Plaza de España, Gran Vía…

Una mujer gitana, de edad indefinida, con algún diente de oro, de aspecto bonachón, se aproximó con la intención de leerles las manos. A pesar del escepticismo de ambas, una se animó y la tendió a la mujer.

Sin mediar palabra por parte de nadie lo primero que dijo fue:

“Tienes mal de ojo”, ¿quieres que te lo quite?,

¡claro!,

que le iba a responder…

Inició un ritual con palabras y cuasi oraciones, sin orden ni concierto, indicando que seguiría realizándolo unos días más y se acabaría la maldición, que iba a notarlo.

¡Bien empezaba la cosa!

Para después entrar en terreno personal, adivinando distintos temas de la vida, que podían suponerse por el aspecto y concluyó con: hay dos hombres en tu vida, interesados, importantes.

Los dos esperándote.

Estas palabras finalmente conmocionaron a la mujer por su realidad; ¿cómo podía haber llegado a aquello, algo tan personal, sin pedir un solo detalle, que la condujera a saberlo?…

Sí, eran dos los que estaban en su mente: uno salía, otro entraba.

Ninguno de los dos se quedó en su vida, solo en el recuerdo…

Eso, la gitana, no se lo dijo.

Mª Lourdes Omella

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LA CURANDERA

Era el mes de agosto, hace unos años…

Estaban preparando el viaje estival para dentro de unos días, con destino a Futuroscope, Disney World y París.

Tras presenciar un desfile, de varias horas de duración y de pie, notó un importante e invalidante dolor en la espalda, vamos una lumbalgia con todas las de la ley, con el correspondiente temor por la proximidad de un viaje, en el que tendría que andar sin parar.

El dolor persistía al día siguiente y comentado con unas amistades, le propusieron visitar a una curandera con fama de buenos resultados ante afecciones similares. Lo dudó, pero sin alternativa, decidió probar.

Le acompañó una de las personas que conocían dónde ésta practicaba “sus curas”.

Era una mujer de edad avanzada, quien sin mediar pregunta, aunque notaria la dificultad para caminar por el dolor, diagnosticó el mal de la espalda en un santiamén, para después indicar los remedios que podía aplicar.

Consistían en unos días seguidos de masaje en zona lumbar; beber un preparado de composición incierta, de color marrón en botella de plástico de litro y medio en 24 horas y la aplicación local, dejándolo durante toda la noche, de una gran rodaja de pan de pueblo mojada en vino tinto con azúcar, templado, en la zona dolorida.

Siguió las tres recomendaciones, oliendo a vino por la cataplasma que no logró sofocar totalmente con una buena ducha; tomándose el brebaje y acudiendo a los masajes que eran todo un ritual: varias cruces con los dedos en la espalda, rezos e imposición de ambas manos y amasamiento cuidadoso, durante largo rato.

Se levantaba muy mejorada, pero escéptica.

En los días prometidos, el dolor cedió y pudo emprender ese viaje.

Era la primera vez que se sometía a algo similar, pero funcionó.

Tenía esa mujer, lo que se dice coloquialmente, “mano de santo”.

Así nos lo contó.

Mª Lourdes Omella.

LOS PENDIENTES

El padre, aunque muy culto, tenía algunas cosas ” muy especiales”, entre ellas la total convicción de que perforar las orejas de las niñas era un acto cafre y atrasado…De allí que las dos que tuvo, llevaran sus lóbulos intactos.

Miraran donde miraran, sus compañeras y amigas lucían bonitos pendientes.

Bueno, pues las dos solucionaron el asunto.

La mas lanzada, la pequeña, aprovechó una corta estancia en el pueblo con sus abuelos y lejos de la mirada paterna, para presentarse en el consultorio médico y pedir a Don Jesús ( así los trataban entonces) que le agujereara las orejas. Éste, sin poner problemas y eso que la cría no tendría mas de 11 años, colocó un corcho en un lado y cogió una aguja de suturar, procediendo a la perforación y posterior colocación de unos “hilos” que tendría que llevar hasta la cicatrización. Entre oreja y oreja, desmayo. Seguramente eso pondría nervioso al galeno, porque los orificios no quedaron muy centrados… pero ella salió con sus agujeros deseados y al llegar a casa se los enseñó a su tía, cómplice habitual, que la ayudó en alguna cura puntual, pues supuraron. Cuándo llegó ante el progenitor, era un hecho y allí quedó la cosa.

La hermana mayor tardó mas; años. Ya madre, veraneando en una localidad de la Costa Brava, en una farmacia, le colocaron directamente unos pendientes, y, a pesar del malestar monumental, cuasi desmayo, también, se quedó tan feliz.

Las hijas de ambas, sí llevaron sus lóbulos perforados desde el nacimiento.

Mª Lourdes Omella.

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EN LA SALA DE ESPERA

Una mañana cualquiera en las Consultas Externas del Centro de Especialidades

Es interesante, cuándo el tema que te lleva es un simple control (supongo que en caso contrario, se está para pocas historias), ver lo que se “cuece” en las salas de espera, hasta entrar en la cita médica.
Por un lado lo inmaterial: el entorno, el atrezzo en términos peliculeros y/o teatrales. Tomas asiento en uno de esos sillones de plástico, de colores variados, incomodísimos, dicho sea de paso, unidos unos con otros en fila de a tres de a seis …con los respaldos pegados, que pueden mortificar aun mas si cabe, cuándo las cabezas de unos y otros chocan irremediablemente.
Planteado así el escenario empieza la parte humana, propiamente dicha.
Como la espera puede ser mas o menos prolongada y si vas relajado, el tiempo parece detenerse, empiezas a mirar a derecha e izquierda; personas de distintas edades, con sus vidas, sus dolencias, que a veces, con desprecio a su intimidad, narran sin contemplaciones al vecino de al lado, pero con tal sonoridad, que todos saben exactamente qué le pasa, desde cuándo y a qué lo atribuye…como si se prepararan para el relato al galeno.

Ninguno parece con prisa,  pero seguro que están impacientes, se les hace larga la espera, miran al reloj y al escrito de la cita, con cara apesadumbrada.

Por no hablar del controlador/ra que te pregunta: Y usted ¿a que hora estaba citado?… ¡que mania, y que mal sabe, por Dios!.

Uno a uno van entrando y salen cargados de papeles y desaparecen.
Se presencian anécdotas como la de la anciana acompañada de su esposo que tiene que ir al aseo, se levanta decidida y entra, sin reparar en el letrero, en el de caballeros; el conyuge se levanta como movido por un resorte, veloz, la sigue, llama a la puerta, la hace salir y le advierte de su error…

Otro, muy mayor, que llega “acompañado” y con cita para las 12 y son las 10, y un: quédese aquí … y se van…y lo dejan…
Caras que miran con admiración y nostalgia a los jóvenes y a los niños que pululan por la sala.
Vidas, enfermedad, cada uno la suya y con lo suyo, en este mundo tan impersonal.

Lourdes Omella. Junio 2015

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